“La lectura es una actividad que permite elevar el nivel de conciencia de los individuos y de los pueblos. Su fomento es fundamental en la formación de una ciudadanía, de un conglomerado de hombres y mujeres libres, autónomos, capaces de definir sus propios criterios y obrar en consecuencia.

Hernando García Mejía, Presentación “Del Leer y del Ser”

Ver entregas: 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12

Cooperativa Financiera Confiar presenta El Viejo y el mar de Ernest Hemingway

El viejo y el mar - Por Ernest Hemingway

 

Segunda entrega

Marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo y entraron; la puerta estaba abierta. El viejo inclinó el mástil con su vela arrollada contra la pared y el muchacho puso la caja y el resto del aparejo junto a él. El mástil era casi tan largo como la habitación única de la choza. Esta última estaba hecha de las recias pencas de la palma real que llaman guano, y había una cama, una mesa, una silla y un lugar en el piso de tierra para cocinar con carbón. En las paredes, de pardas, aplastadas y superpuestas hojas de guano de resistente fibra, había una imagen en colores del Sagrado Corazón de Jesús y otra de la Virgen del Cobre. Estas eran reliquias de su esposa. En otro tiempo había habido una desvaída foto de su esposa en la pared, pero la había quitado porque le hacía sentirse demasiado solo el verla, y ahora estaba en el estante del rincón, bajo su camisa limpia.

—¿Qué tiene para comer? —preguntó el muchacho.

—Una cazuela de arroz amarillo con pescado. ¿Quieres un poco?

—No. Comeré en casa. ¿Quiere que le encienda la candela?

—No. Yo la encenderé luego. O quizás coma el arroz frío.

—¿Puedo llevarme la atarraya?

—Desde luego.

No había ninguna atarraya. El muchacho recordaba que la habían vendido. Pero todos los días pasaban por esta ficción. No había ninguna cazuela de arroz amarillo con pescado, y el muchacho lo sabía igualmente.

—El ochenta y cinco es un número de suerte —dijo el viejo—. ¿Qué te parece si me vieras volver con un pez que, en canal, pesara más de mil libras?

—Voy a coger la atarraya y saldré a pescar las sardinas. ¿Se quedará sentado al sol, a la puerta?

—Sí. Tengo ahí el periódico de ayer y voy a leer los resultados de los partidos de béisbol.

El muchacho se preguntó si el “periódico de ayer” no sería también una ficción. Pero el viejo lo sacó de debajo de la cama. —Perico me lo dio en la bodega —explicó.

—Volveré cuando haya cogido las sardinas. Guardaré las suyas junto con las mías en el hielo y por la mañana nos las repartiremos. Cuando yo vuelva, me contará lo del béisbol.

—Los Yankees de Nueva York no pueden perder.

—Pero yo les tengo miedo a los Indios de Cleveland.

—Ten fe en los Yankees de Nueva York, hijo, piensa en el gran DiMaggio.

—Les tengo miedo a los Tigres de Detroit y a los Indios de Cleveland.

—Ten cuidado, no vayas a tenerles miedo también a los Rojos de Cincinnatti y a los White Sox de Chicago.

—Usted estudia eso y me lo cuenta cuando vuelva.

—¿Crees que debiéramos comprar unos billetes de la lotería que terminen en un ochenta y cinco? Mañana hace el día ochenta y cinco.

—Podemos hacerlo —dijo el muchacho—. Pero, ¿qué me dice de su gran récord, el ochenta y siete? —No podría suceder dos veces.

¿Crees que puedas encontrar un ochenta y cinco?

—Puedo pedirlo.

—Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podría prestárnoslos?

—Eso es fácil. Yo siempre encuentro quién me preste dos pesos y medio.

—Creo que yo también. Pero trato de no pedir prestado. Primero pides prestado; luego pides limosna.

—Abríguese, viejo —dijo el muchacho—. Recuerde que estamos en septiembre.

—El mes en que vienen los grandes peces —dijo el viejo—. En mayo cualquiera es pescador.

—Ahora voy por las sardinas —dijo el muchacho.

Cuando volvió el muchacho, el viejo estaba dormido en la silla. El sol se estaba poniendo. El muchacho cogió de la cama la frazada del viejo y se la echó sobre los hombros. Eran unos hombros extraños, todavía poderosos, aunque muy viejos, y el cuello era también fuerte todavía, y las arrugas no se veían tanto cuando el viejo estaba dormido y con la cabeza derribada hacia adelante. Su camisa había sido remendada tantas veces, que estaba como la vela; y los remiendos, descoloridos por el sol, eran de varios tonos. La cabeza del hombre era, sin embargo, muy vieja y con sus ojos cerrados no había vida en su rostro. El periódico yacía sobre sus rodillas y el peso de sus brazos lo sujetaba allí contra la brisa del atardecer. Estaba descalzo. El muchacho lo dejó allí, y cuando volvió, el viejo todavía estaba dormido.

—Despierte, viejo —dijo el muchacho, y puso su mano en una de las rodillas de éste. El viejo abrió los ojos y por un momento fue como si regresara de muy lejos. Luego sonrió.

—¿Qué traes? —preguntó.

—La comida —dijo el muchacho—. Vamos a comer.

—No tengo mucha hambre.

—Vamos, venga a comer. No puede pescar sin comer.

—Habrá que hacerlo —dijo el viejo, levantándose y cogiendo el periódico y doblándolo. Luego empezó a doblar la frazada.

—No se quite la frazada —dijo el muchacho—. Mientras yo viva, usted no saldrá a pescar sin comer.

—Entonces vive mucho tiempo, y cuídate —dijo el viejo—. ¿Qué vamos a comer?

—Frijoles negros con arroz, plátanos fritos y un poco de asado. El muchacho lo había traído de La Terraza en una cantina. Traía en el bolsillo dos juegos de cubiertos, cada uno envuelto en una servilleta de papel.

—¿Quién te ha dado esto?

—Martín. El dueño.

—Tengo que darle las gracias.

—Ya yo se las he dado —dijo el muchacho—. No tiene que dárselas usted.

—Le daré la ventrecha de un gran pescado —dijo el viejo—. ¿Ha hecho esto por nosotros más de una vez?

—Creo que sí.

—Entonces tendré que darle más que la ventrecha. Es muy considerado con nosotros.

—Mandó dos cervezas.

—Me gusta más la cerveza en lata.

—Lo sé. Pero ésta es en botella. Cerveza Hatuey. Y yo devuelvo las botellas.

—Muy amable de tu parte —dijo el viejo—.

¿Comemos? —Es lo que yo proponía —le dijo el muchacho. No he querido abrir la cantina hasta que estuviera usted listo.

—Ya estoy listo —dijo el viejo—. Sólo necesitaba tiempo para lavarme. “¿Dónde se lava?”, pensó el muchacho. El pozo del pueblo estaba a dos cuadras de distancia, camino abajo. “Debí de haberle traído agua —pensó el muchacho—, y jabón, y una buena toalla. ¿Por qué seré tan desconsiderado? Tengo que conseguirle otra camisa y una chaqueta para el invierno, y alguna clase de zapatos, y otra frazada”.

—Tu asado es excelente —dijo el viejo.

—Hábleme de béisbol —le pidió el muchacho.

—En la Liga Americana, como te dije, los Yankees— dijo el viejo muy contento. —Hoy perdieron —le dijo el muchacho.

—Eso no significa nada. El gran DiMaggio vuelve a ser lo que era. —Tienen otros hombres en el equipo. —Naturalmente. Pero con él la cosa es diferente. En la otra liga, entre el Brooklyn y el Filadelfia, tengo que quedarme con el Brooklyn. Pero luego pienso en Dick Sisler y en aquellos lineazos suyos en el viejo parque.  Nunca hubo nada como ellos. Jamás he visto a nadie mandar la pelota tan lejos. ¿Recuerdas cuando venía a La Terraza? Yo quería llevarlo a pescar, pero era demasiado tímido para proponérselo. Luego te pedí a ti que se lo propusieras, y tú eras también demasiado tímido.

—Lo sé. Fue un gran error. Pudo haber ido con nosotros. Luego eso nos hubiera quedado para toda la vida. —Me hubiese gustado llevar a pescar al gran DiMaggio —dijo el viejo—. Dicen que su padre era pescador. Quizás fuese tan pobre como nosotros y comprendiera. —El padre del gran Sisler no fue nunca pobre, y jugó en las Grandes Ligas cuando tenía mi edad.—Cuando yo tenía tu edad me hallaba de marinero en un velero de altura que iba al África, y he visto leones en las playas al atardecer.

—Lo sé. Usted me lo ha contado. —¿Hablamos de África o de béisbol?

—Mejor de béisbol —dijo el muchacho—. Hábleme del gran John J. McGraw. —A veces, en los viejos tiempos, solía venir también a La Terraza. Pero era rudo y bocón, y difícil cuando estaba bebido. No sólo pensaba en la pelota, sino también en los caballos. Por lo menos llevaba listas de caballos constantemente en el bolsillo y con frecuencia pronunciaba nombres de caballos por teléfono.

—Era un gran director —dijo el muchacho—. Mi padre cree que era el más grande. ¿Quién es realmente mejor director: Luque o Mike González?

—Creo que son iguales. —El mejor pescador es usted. —No. Conozco otros mejores.

—Qué va —dijo el muchacho—. Hay muchos buenos pescadores y algunos grandes pescadores. Pero como usted, ninguno. —Gracias. Me haces feliz. Ojalá no se presente un pez tan grande que nos haga quedar mal. —No existe tal pez, si está usted tan fuerte como dice. —Quizá no esté tan fuerte como creo —dijo el viejo—. Pero conozco muchos trucos, y tengo voluntad.

—Ahora debiera ir a acostarse para estar descansado por la mañana. Yo llevaré otra vez las cosas a La Terraza. —Entonces buenas noches. Te despertaré por la mañana. —Usted es mi despertador —dijo el muchacho.

—La edad es mi despertador —dijo el viejo—. ¿Por qué los viejos se despertarán tan temprano? ¿Será para tener un día más largo?

—No lo sé —dijo el muchacho—. Lo único que sé es que los jovencitos duermen profundamente y hasta tarde.

—Lo recuerdo —dijo el viejo—. Té despertaré temprano. —No me gusta que el patrón me despierte. Es como si yo fuera inferior. —Comprendo. —Que duerma bien, viejo. El muchacho salió. Habían comido sin luz en la mesa y el viejo se quitó los pantalones y se fue a la cama a oscuras. Enrolló los pantalones para hacer una almohada, y puso luego el periódico dentro. Se envolvió en la frazada y durmió sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles de la cama. Se quedó dormido enseguida y soñó con África, en la época en que era muchacho, y con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía, y sentía el olor de África que la brisa de tierra traía por la mañana. Generalmente, cuando olía la brisa de tierra, despertaba y se vestía, y se iba a despertar al muchacho. Pero esta noche el olor de la brisa de tierra vino muy temprano y él sabía que era demasiado temprano en su sueño, y siguió soñando para ver los blancos picos de las islas que se levantaban del mar. Y luego soñaba con los diferentes puertos y fondeaderos de las Islas Canarias.

No soñaba ya con tormentas, ni con mujeres, ni con grandes acontecimientos, ni con grandes peces, ni con peleas, ni con competiciones de fuerza, ni con su esposa. Sólo soñaba ya con lugares, y con los leones en la playa. Jugaban como gatitos a la luz del crepúsculo y él les tenía cariño lo mismo que al muchacho. No soñaba jamás con el muchacho. Simplemente despertaba, miraba por la puerta abierta a la luna y desenrollaba sus pantalones y se los ponía. Orinaba junto a la choza y luego subía el camino a despertar al muchacho. Temblaba por el frío de la mañana. Pero sabía que temblando se calentaría y que pronto estaría remando.

 

El viejoy el mar - Ilustración por Daniel Gómez

<<Anterior - Siguiente>>

* * *

Leer por el simple placer de leer, por la urgencia de convocar la palabra, de recuperarla y otorgarle el sentido que tiene por sí misma. Leer como posibilidad de encuentro y descubrimiento de los otros. Esa es nuestra intención. Que la buena literatura sea asequible a mucha gente, cercana a sus vivencias y a sus esperanzas.

Confiar en la cultura

Ilustraciones: Daniel Góme