“La lectura es una actividad que permite elevar el nivel de conciencia de los individuos y de los pueblos. Su fomento es fundamental en la formación de una ciudadanía, de un conglomerado de hombres y mujeres libres, autónomos, capaces de definir sus propios criterios y obrar en consecuencia.

Hernando García Mejía, Presentación “Del Leer y del Ser”

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Cooperativa Financiera Confiar presenta El Viejo y el mar de Ernest Hemingway

El viejo y el mar - Por Ernest Hemingway

Octava entrega 

La luna se había levantado hacía mucho tiempo, pero él seguía durmiendo, y el pez seguía tirando seguidamente del bote, y éste entraba en un túnel de nubes.

Lo despertó la sacudida de su puño derecho contra su cara y el escozor del sedal pasando por su mano derecha. No tenía sensación en su mano izquierda, pero frenó todo lo que pudo con la derecha y el sedal seguía corriendo precipitadamente. Por fin su mano izquierda halló el sedal, y el viejo se echó hacia atrás contra el sedal, y ahora le quemaba la espalda y la mano izquierda, y su mano izquierda estaba aguantando toda la tracción, y se estaba desollando malamente. Volvió la vista a los rollos de sedal y vio que se estaban desenrollando suavemente. Justo entonces el pez irrumpió en la superficie haciendo un gran desgarrón en el océano, y cayó pesadamente luego. A poco, volvió a irrumpir, brincando una y otra vez, y el bote iba velozmente aunque el sedal seguía corriendo, y el viejo estaba llevando la tensión hasta su máximo de resistencia, repetidamente, una y otra vez. El pez había tirado de él contra la proa, y su cara estaba contra la tajada suelta del dorado y no podía moverse.

“Esto es lo que esperábamos —pensó—. Así pues, vamos a aguantarlo”.

“Que tenga que pagar por el sedal —pensó—. Que tenga que pagarlo bien”.

No podía ver los brincos del pez sobre el agua: sólo sentía la rotura del océano y el pesado golpe contra el agua al caer.

La velocidad del sedal desollaba sus manos, pero nunca había ignorado que esto sucedería, y trató de mantener el roce sobre sus partes callosas y de no dejar escapar el sedal a la palma, para evitar que le desollara los dedos.

“Si el muchacho estuviera aquí, mojaría los rollos de sedal —pensó—. Sí. Si el muchacho estuviera aquí. Si el muchacho estuviera aquí”.

El sedal se iba más y más, pero ahora más lentamente, y el viejo estaba obligando al pez a ganar con trabajo cada pulgada de sedal. Ahora levantó la cabeza de la madera y la sacó de la tajada de pescado que su mejilla había aplastado. Luego se puso de rodillas y seguidamente se puso de pie con lentitud. Estaba cediendo sedal, pero más lentamente cada vez. Logró volver adonde podía sentir con el pie los rollos de sedal que no veía. Quedaba todavía suficiente sedal y ahora el pez tenía que vencer la fricción de todo aquel nuevo sedal a través del agua.

“Sí —pensó—. Y ahora ha salido más de una docena de veces fuera del agua y ha llenado de aire las bolsas a lo largo del lomo y no puede descender a morir a las profundidades de donde yo no pueda levantarlo. Pronto empezará a dar vueltas. Entonces tendré que empezar a trabajarlo. Me pregunto qué le habrá hecho brincar tan de repente fuera del agua. ¿Habrá sido el hambre, llevándolo a la desesperación, o habrá sido algo que lo asustó en la noche? Quizás haya tenido miedo de repente. Pero era un pez tranquilo, tan fuerte, y pareció tan valeroso y confiado... Es extraño”.

—Mejor será que tú mismo no tengas miedo y que tengas confianza, viejo —dijo—. Lo estás sujetando de nuevo, pero no puedes recoger sedal. Pronto tendrá que empezar a girar en derredor.

El viejo sujetaba ahora al pez con su mano izquierda y con sus hombros, y se inclinó y cogió agua en el hueco de la mano derecha para quitarse de la cara la carne aplastada del dorado. Temía que le diera náuseas, y vomitara, y perdiera sus fuerzas. Cuando hubo limpiado la cara, lavó la mano derecha en el agua por sobre la borda, y luego la dejó en el agua salada mientras percibía la aparición de la primera luz que precede a la salida del sol.

“Va casi derecho al este —pensó—. Eso quiere decir que está cansado y que sigue la corriente. Pronto tendrá que girar. Entonces empezará nuestro verdadero trabajo”.

Después de considerar que su mano derecha llevaba suficiente tiempo en el agua, la sacó y la miró.

—No está mal dijo—. Para un hombre, el dolor no importa.Sujetó el sedal con cuidado, de tal forma que no se ajustara a ninguna de las recientes rozaduras, y lo corrió de modo que pudiera poner su mano izquierda en el mar por sobre el otro costado del bote.

—Lo has hecho bastante bien y no en balde —dijo a su mano izquierda—. Pero hubo un momento en que no podía encontrarte.

“¿Por qué no habré nacido con dos buenas manos? —pensó—. Quizá yo haya tenido la culpa, por no entrenar ésta debidamente. Pero bien sabe Dios que ha tenido bastantes ocasiones de aprender. No lo ha hecho tan mal esta noche, después de todo, y sólo ha sufrido calambre una vez. Si le vuelve a dar, deja que el sedal le arranque la piel”.

Cuando le pareció que se le estaba nublando un poco la cabeza, pensó que debía comer un poco más de dorado. “Pero no puedo —se dijo—. Es mejor tener la mente un poco nublada que perder fuerzas por la náusea. Y yo sé que no podré guardar la carne si me la como después de haberme embarrado la cara con ella. La dejaré para un caso de apuro hasta que se ponga mala. Pero es demasiado tarde para tratar de ganar fuerzas por medio de la alimentación. Eres estúpido —se dijo—. Cómete el otro pez volador”.

Estaba allí, limpio y listo, y lo recogió con la mano izquierda, y se lo comió todo, hasta la cola, masticando cuidadosamente.

“Era más alimenticio que casi cualquier otro pez —pensó—. Por lo menos me dará el tipo de fuerza que necesito. Ahora he hecho lo que podía —pensó—. Que empiece a trazar círculos, y venga la pelea”.

El sol estaba saliendo por tercera vez desde que se había hecho a la mar, cuando el pez empezó a dar vueltas.

El viejo no podía ver, por el sesgo del sedal, que el pez estaba girando. Era demasiado pronto para eso. Sentía simplemente un débil aflojamiento de la presión del sedal y comenzó a tirar de él suavemente con la mano derecha. Se tensó, como siempre, pero justo cuando llegó al punto en que se hubiera roto, el sedal empezó a ceder. El viejo sacó con cuidado la cabeza y los hombros de debajo del sedal, y empezó a recogerlo suave y seguidamente. Usó las dos manos sucesivamente, balanceándose y tratando de efectuar la tracción, lo más posible, con el cuerpo y con las piernas. Sus viejas piernas y sus hombros giraban con ese movimiento de montoneo a que lo obligaba la tracción.

—Es un ancho círculo —dijo—. Pero está girando.

Luego el sedal terminó de ceder, y el viejo lo sujetó hasta que vio que empezaba a soltar las gotas al sol. Luego empezó a correr, y el viejo se arrodilló y lo dejó ir nuevamente, a regañadientes, al agua oscura.

—Ahora está haciendo la parte más lejana del círculo —dijo.

“Debo aguantar todo lo posible —pensó—. La tirantez acortará su círculo cada vez más. Es posible que lo vea dentro de una hora. Ahora debo convencerlo y luego debo matarlo”.

Pero el pez seguía girando lentamente y el viejo estaba empapado en sudor y fatigado hasta la médula dos horas después, pero los círculos eran mucho más cortos; y, por la forma en que el sedal se sesgaba, podía apreciar que el pez había ido subiendo mientras giraba.Durante una hora, el viejo había estado viendo puntos negros ante los ojos, y el sudor salaba sus ojos y salaba la herida que tenía en su ceja y en su frente. No temía los puntos negros. Eran normales a la tensión a que estaba tirando del sedal. Dos veces, sin embargo, había sentido vahídos y mareos, y eso lo preocupaba.

—No puedo fallarme a mí mismo y morir frente a un pez como éste —dijo—. Ahora que lo estoy acercando tan lindamente, Dios me ayude a resistir. Rezaré cien padrenuestros y cien avemarías. Pero no puedo rezarlos ahora.

“Considéralos rezados —pensó—. Los rezaré más tarde”.Justamente entonces, sintió de súbito una serie de tirones y sacudidas en el sedal, que sujetaba con ambas manos. Era una sensación viva, dura y pesada.

“Está golpeando el alambre con su pico —pensó—. Tenía que suceder. Tenía que hacer eso. Sin embargo, puede que lo haga brincar fuera del agua, y yo preferiría que ahora siguiera dando vueltas. Los brincos fuera del agua le eran necesarios para tomar aire. Pero después de eso, cada uno puede ensanchar la herida del anzuelo, y pudiera llegar a soltar el anzuelo”.

—No brinques, pez —dijo—. No brinques.

El pez golpeó el alambre varias veces más, y cada vez que sacudía la cabeza, el viejo cedía un poco más de sedal.“Tengo que evitar que aumente su dolor —pensó—. El mío no importa. Yo puedo controlarlo. Pero su dolor pudiera exasperarlo”.

Después de un rato, el pez dejó de golpear el alambre y empezó a girar de nuevo lentamente. Ahora el viejo estaba ganando sedal gradualmente. Pero de nuevo sintió un vahído. Cogió un poco de agua del mar con la mano izquierda y se mojó la cabeza. Luego cogió más agua y se frotó la parte de atrás del cuello.

—No tengo calambres —dijo—. El pez estará pronto arriba y tengo que resistir. Tienes que resistir. De eso, ni hablar.

Se arrodilló contra la proa y, por un momento, deslizó de nuevo el sedal sobre su espalda. “Ahora descansaré mientras él sale a trazar su círculo, y luego, cuando venga, me pondré de pie y lo trabajaré”, decidió.

Era una gran tentación descansar en la proa y dejar que el pez trazara un círculo por sí mismo sin recoger sedal alguno. Pero cuando la tirantez indicó que el pez había virado para venir hacia el bote, el viejo se puso de pie y empezó a tirar en ese movimiento giratorio y de contoneo, hasta recoger todo el sedal ganado al pez.Jamás me he sentido tan cansado —pensó—, y ahora se está levantando la brisa. Pero eso me ayudará a llevarlo a tierra. Lo necesito mucho”.

—Descansaré en la próxima vuelta que salga a dar —dijo—. Me siento mucho mejor. Luego, en dos o tres vueltas más, lo tendré en mi poder.Su sombrero de yarey estaba allá en la parte de atrás de la cabeza. El viejo sintió girar de nuevo al pez, y un fuerte tirón del sedal lo hundió contra la proa.

“Pez, ahora tú estás trabajando —pensó—. A la vuelta te pescaré”

El viejoy el mar - Ilustración por Daniel Gómez

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Ilustraciones: Daniel Gómez