| AHORRO EN TIEMPOS DE CRISIS: PACIENCIA y PARSIMONIA. |
|
(De cómo persistir en creer en ser humanos). Por José Guillermo Ánjel R. El hombre representativo vive la vida y piensa los pensamientos de esta mente universal (el mundo) más que los de su yo particular. Anotaciones previas: Benjamín Franklin, uno de los pilares de la revolución norteamericana, se preocupó por la industria, por la enseñanza, la lectura, la electricidad y, principalmente por el ahorro. En el libro El hombre de bien, Franklin enseña a ahorrar. Partiendo de la frase de cómo mantener siempre dinero en el bolsillo, establece que un ser humano puede vivir bien (sin que nada básico le falte) si consume tres cuartas partes de lo que necesita, ahorrando la cuarta parte sobrante. Así, si se va a comer cuatro papas, con tres basta y le sobre la cuarta. Si se bebe tres tragos de agua en lugar de cuatro, la satisfacción es la misma. Si come cuatro veces al día, con que coma tres es suficiente. La tesis de la cuarta parte (1/4) menos, enriqueció a muchos norteamericanos y creó un país con el suficiente excedente de producción para ser potencia económica. Y no por dejar de consumir esa cuarta parte pasó nada por el contrario, la gente se hizo austera y, en esa austeridad, industrial, recursiva y moral (de buenas costumbres). John Maynard Keynes, el gran economista inglés (hoy muy en boga debido a la crisis económica), establece que todo ingreso debe ser igual a consumo más ahorro (I= C+A). Y que el ingreso tiene sentido cuando se puede ahorrar. Así, el consumo debe ser racionalizado (optar por lo estrictamente necesario), a fin de lograr un monto libre que pueda permitir invertir y, con base en la inversión, lograr una mejor calidad de vida. Y aclaro, la calidad de vida no la da el consumir sino el estar bien con los demás. Como dice Erich Fromm en Tener y ser, no son las cosas las que nos enriquecen sino el saber para qué sirve aquello que tenemos. La cosa en sí no significa nada; es el uso de la cosa lo que en realidad la representa. Y a un mejor uso, un mayor valor de la cosa que tenemos. Ya que la cosa no es la apariencia sino la servidumbre que le presta al hombre cuando la entiende. Es decir, algo vale en la medida en que beneficia a quien la usa. Y el beneficio de algo no es la apariencia sino el uso al cien por ciento, evitando el desperdicio. Sobre los consumos y los ahorros. Es claro que vivimos en una sociedad consumista, que centra su actividad no sólo en consumir sino en los últimos modelos o en la moda. Peter Singer, filósofo australiano, dice que hace cincuenta años era inmoral no acabar una camisa o un par de zapatos del todo. Y con esto quiere decir que la relación costo beneficio estaba centrada en la total utilización de algo, hasta finalizarlo. Pero en el mundo moderno, compramos pero rara vez terminamos eso que compramos. Y no lo terminamos porque alguien dice que ya no está de moda o porque salió un último modelo. Y en el afán de tener lo último (que no es necesariamente lo mejor), hacemos que el ingreso se desborde en el consumo, impidiendo ahorrar. O lo que es peor, quedando endeudado y, así, imposibilitado para cualquier ahorro. En la sociedad en que vivimos, las relaciones se median por el consumo. Y el gasto social (ese que tenemos por salir a la calle y encontrarnos con otro consumiendo), nos ha empobrecido al punto de ejercer un tremendo sentimiento de pobreza, que no es pobreza sino impedimento para consumir aquello que no nos es estrictamente necesario. ¿Cuánto necesita consumir un ser humano para estar bien? Las sociedades frugales (en especial las europeas), establecen de manera muy clara que el consumo nace de tres aspectos: consumir lo que soy capaz de hacer (conservas, tejidos, bordados, muebles, etc.); consumir lo que otros hacen para que yo pueda hacer lo mío (usar los productos de otros como insumos para hacer lo que me es necesario: fideos, hilos, botones, telas, por ejemplo). Y consumir lo que necesito para trabajar y, en determinados momentos, relacionarme con los demás (como es el caso de fiestas, encuentros y otros). Una sociedad que es frugal no es avara, es pragmática. Es decir, usa de prácticas lógicas que evitan empobrecerla y en las que sentirse útil es necesario, ya que es la utilidad (nuestra capacidad de responder al mundo) lo que nos permite no sólo ejecutar una acción sino mejorarla en la medida en que la repetimos, logrando así una gran capacidad de ahorro en esfuerzos y materiales. Estas sociedades frugales o austeras (de uso racional de lo que tienen) no dependen exclusivamente del dinero, sino de lo que se puede hacer con el dinero, generando un ahorro. Calvino, el gran reformador protestante, establece que el hombre austero está en comunicación con el mundo, en tanto de que las cosas que existen son austeras a lo largo de su existencia. Y su austeridad no consiste en ayunar sino en usar debidamente lo que requieren para ser las que son y no otra cosa. Así, la planta reclama una cantidad determinada de agua. Si consume más agua de la necesaria, se pudre. Igual pasa con los felinos (el mejor ejemplo es el gato), que racionalizan los consumos para que nunca les falte que comer el día de mañana. Un gato no se come todo lo que le ponen sino que establece que hay un futuro y por lo tanto siempre guarda algo. Igual pasa con los leones y los tigres. Estos animales, que viven en condiciones difíciles, nunca matan más de lo que necesitan y en ocasiones, cuando los rebaños de los que se alimentan están disminuidos, esperan a que estos últimos crezcan para regresar de nuevo a sus consumos habituales. La austeridad calvinista (la que ha permitido el desarrollo de Holanda, Francia, Alemania y Bélgica), no llama a la avaricia sino a guardar la cuarta parte de la que hablaba Franklin. Y a aprender de las cosas existentes, que nunca abusan de lo que consumen y, cuando la situación está difícil, optan por consumir menos para ahorrar. Es decir, usan de la parsimonia, que es frugalidad y moderación en los gastos. Y es esta parsimonia la que genera la paciencia, entendiendo por paciencia no el esperar a que las cosas se sucedan sino que es paciente quien recibe la acción del verbo. Soy paciente cuando camino, ya que recibo la acción de caminar. Soy paciente de comer cuando como y de trabajar cuando trabajo. Y el verbo (la acción), es la que me permite encontrar la mejor forma de hacerlo, no sólo de manera más efectiva y eficiente, sino ahorrando. El ser humano es el que ahorra. Friedrich Nietzsche establece que hay dos espacios: el dionisiaco (el desorden) y el apolíneo (el orden), que conviven permanentemente a fin de no perder el sentido de la realidad. Así, cuando el orden no procura ir más allá, es necesario el desorden. Y cuando el desorden lo confunde todo, hay que regresar al orden. De igual manera, Karl Marx decía que el hombre es el único animal que se construye sobre sí mismo, logrando mejorar lo que ha aprendido y reconociendo errores para no volver a caer en ellos. En ambos autores vemos a un ser humano que gana humanidad en tanto mejora sus condiciones anteriores y racionaliza las existentes, teniendo en cuenta que hay un afuera que tiene errores y por ello hay que corregirlos. En la filosofía, que los griegos definían como ese sistema que nos permite vivir mejor, la propensión a desbordarnos siempre ha sido mirada como una pasión (algo que se sale de la razón) que causa dolor. Y la pasión nace cuando el deseo se pone por encima de las posibilidades, desbordándonos y frustrándonos, ya que un deseo desmesurado sólo puede generar dolor (frustración), como decía Baruj Spinoza. Y si bien el deseo es necesario (es un pasar de la potencia a la acción), ese deseo debe estar mediado por la mesura y la templanza, pues no podemos solo desear (como sucede hoy, de aquí la continua insatisfacción) sino lograr algo que podamos controlar. Es decir, eso que tenemos debemos situarlo en sus reales posibilidades y sacar de ahí el mayor provecho en tiempo y uso. Un libro no es lo que cuesta sino el beneficio de aprendizaje que representa. Una comida no es la cantidad sino la nutrición. Un par de zapatos no son la marca sino la comodidad. La vida no está en lo que se compra sino en lo que se ve y aprende. De aquí que rico es quien está contento con lo que tiene, no por conformista sino porque ha entendido el real sentido de eso que tiene y por ello le da valor de uso y ahorro. De nada vale tener sino sabemos el sentido de eso que tenemos. Jacques Lacan, el psicoanalista post-freudiano, habla de un sujeto moderno que se mantiene en estado permanente de insatisfacción. Y que consume creyendo llegar a satisfacerse, pero no lo logra. Y esto se debe a que ha perdido su capacidad de ahorro, que no consiste en guardar sino en usar bien lo que se consume.A un mejor uso, necesariamente aparece un ahorro que le permitirá hacer inversiones el día de mañana. Si aprendo a usar bien un papel, por ejemplo, terminaré sabiendo cómo ahorrar en papel. Pasa igual en todas las actividades, en las que racionalizo el verbo: si camino, por qué camino. Si compro, por qué compro, etc. La razón no ha hecho previsivos y lógicos. Y la lógica es hacerse una pregunta antes de dejarse llevar por el deseo. El hombre se humaniza ahorrando, es decir, consumiendo lo que realmente necesita. Y ese consumo exige que no haya daños colaterales ni obedezca a un mero deseo. Y a que sea capaz de relacionarse sin consumir, a fin de aprender del otro. Hay dos en un parque, conversan, ponen en común lo que saben con respecto a algo. Cuando se levantan para irse cada uno a casa, han salido enriquecidos: lo que se han dicho, lo que han ahorrado en el tiempo en que no estuvieron consumiendo cosas, les ha permitido acceder a la riqueza real: lo que sabemos para que la vida no sea un mero episodio de gente que corre. La vida es sentirnos vivos. Y este sentimiento de vida es algo que no se vende en ninguna parte.
|

José Manuel Restrepo, en su pequeño ensayo sobre la geografía de Antioquia (1809), se queja de la incapacidad de ver más allá de lo que las minas de oro proveen. Y es claro: las minas de oro sólo crean pobreza, en tanto que es un metal por el cual dan dinero pero que poco desarrolla inteligencia práctica. Es decir, con el oro aparece la noción de gran oportunidad (mucho dinero de una vez), pero no de recursividad y creación de nuevos elementos que permitan crear mercados, autoabastecerse, ahorrar y desarrollar nuevo conocimiento. Las minas de hierro y las de cobre, al revés de las del oro y el carbón, llevaron a que las comunidades crearan herramientas con estos materiales. Y al crearlas, trabajar la tierra, construir herramientas, mejorarlas y establecer criterios de competitividad, ya en las mejoras de su uso (tecnología), ya en el intercambio y mejora de las condiciones de la zona.


