Todo en
él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar
y eran alegres e invictos.
—Santiago —le dijo el muchacho trepando por la orilla
desde donde quedaba varado el bote—. Yo podría volver con usted.
Hemos hecho algún dinero.
El viejo
había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía cariño.
—No
—dijo el viejo—. Tú sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue
con ellos.
—Pero
recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y
luego cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas.
—Lo
recuerdo —dijo el viejo—. Y yo sé que no me dejaste porque hubieses
perdido la esperanza.
—Fue
papá quien me obligó. Soy al fin chiquillo y tengo que obedecerle.
—Lo sé
—dijo el viejo—. Es completamente normal.
—Papá no
tiene mucha fe.
—No.
Pero nosotros, sí, ¿verdad?
—Sí
—dijo el muchacho—. ¿Me permite brindarle una cerveza en la Terraza?
Luego llevaremos las cosas a casa.
—¿Por
que no? —dijo el viejo—. Entre pescadores.
Se
sentaron en la Terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo,
pero él no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y
se ponían tristes. Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente
a la corriente y a las hondonadas donde se habían tendido sus
sedales, al continuo buen tiempo y a lo que habían visto. Los
pescadores que aquel día habían tenido éxito habían llegado y habían
limpiado sus agujas y las llevaban tendidas sobre dos tablas, dos
hombres tambaleándose al extremo de cada tabla, a la pescadería,
donde esperaban a que el camión del hielo las llevara al mercado, a
La Habana. Los que habían pescado tiburones los habían llevado a la
factoría de tiburones, al otro lado de la ensenada, donde eran
izados en aparejos de polea; les sacaban los hígados, les cortaban
las aletas y los desollaban y cortaban su carne en trozos para
salarla.

Cuando
el viento soplaba del Este el hedor se extendía a través del puerto,
procedente de la fabrica de tiburones; pero hoy no se notaba más que
un débil tufo porque el viento había vuelto al Norte y luego había
dejado de soplar. Era agradable estar allí, al sol en la Terraza.
—Santiago —dijo el muchacho.
—Qué
—dijo el viejo—. Con el vaso en la mano pensaba en las cosas de
hacía muchos años.
—¿Puedo
ir a buscarle sardinas para mañana?
—No. Ve
a jugar al béisbol. Todavía puedo remar y Rogelio tirará la
atarraya.
—Me
gustaría ir. Si no puedo pescar con usted me gustaría servirlo de
alguna manera.
—Me has
pagado una cerveza —dijo el viejo—. Ya eres un hombre.
—¿Qué
edad tenía cuando me llevo por primera vez en un bote?
—Cinco
años. Y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado
vivo que estuvo a punto de destrozar el bote. ¿Te
acuerdas?
—Recuerdo cómo brincaba y pegaba coletazos, y que el
banco se rompía, y el ruido de los garrotazos. Recuerdo que usted me
arrojó a la proa, donde estaban los sedales mojados y enrollados. Y
recuerdo que todo el bote se estremecía, y el estrépito que usted
armaba dándole garrotazos, como si talara un árbol, y el pegajoso
olor a sangre que me envolvía.
—¿Lo
recuerdas realmente o es que yo te lo he contado?
—Lo
recuerdo todo, desde la primera vez que salimos juntos.
El viejo
lo miró con sus amorosos y confiados ojos quemados por el sol.
—Si
fueras hijo mío me arriesgaría a llevarte, dijo. Pero tú eres de tu
padre y de tu madre y trabajas en un bote que tiene suerte.
—¿Puedo
ir a buscarle las sardinas? También sé donde conseguir cuatro
carnadas.
—Tengo
las mías que me han sobrado de hoy. Las puse en sal en la caja.
—Déjeme
traerle cuatro cebos frescos.
—Uno
—dijo el viejo. Su fe y su esperanzar no le habían fallado nunca.
Pero ahora empezaban a revigorizarse como cuando se levanta la
brisa.
—Dos
—dijo el muchacho.
—Dos
—aceptó el viejo—. ¿No los has robado?
—Lo
hubiera hecho —dijo el muchacho—, pero estos los compré.
—Gracias
—dijo el viejo—. Era demasiado simple para preguntarse cuándo había
alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que
no era vergonzoso y que no comportaba pérdida del orgullo verdadero.
—Con
esta brisa ligera, mañana va a hacer buen día —dijo.
—¿A
dónde piensa ir? —le preguntó el muchacho.
—Saldré
lejos para regresar cuando cambie el viento. Quiero estar fuera
antes de que sea de día.
—Voy a
hacer que mi patrón salga lejos a trabajar —dijo el muchacho—. Si
usted engancha algo realmente grande podremos ayudarle.
—A tu
patrón no le gusta salir demasiado lejos.
—No
—dijo el muchacho—; pero yo veré algo que él no podrá ver: un ave
trabajando, por ejemplo. Así haré que salga siguiendo a los dorados.
—¿Tan
mala tiene la vista?
—Está
casi ciego.
—Es
extraño —dijo el viejo—. Jamás ha ido a la pesca de tortugas. Eso es
lo que mata los ojos.
—Pero
usted ha ido a la pesca de tortugas durante varios años, por la
costa de los Mosquitos, y tiene buena vista.
—Yo soy
un viejo extraño.
—Pero,
¿ahora se siente bastante fuerte como para un pez realmente grande?
—Creo
que sí. Y hay muchos trucos.
—Vamos a
llevar las cosas a casa —dijo el muchacho—. Luego cogeré la atarraya
y me iré a buscar las sardinas.
Recogieron el aparejo del bote. El viejo se echó el
mástil al hombro y el muchacho cargó la caja de madera de los
enrollados sedales pardos de apretada malla, el bichero y el arpón
con su mango. La caja de las carnadas estaba bajo la popa, junto a
la porra que usaba para rematar a los peces grandes cuando los
arrimaba al bote. Nadie sería capaz de robarle nada al viejo, pero
era mejor llevar a casa la vela y los sedales gruesos puesto que el
rocío los dañaba, y aunque estaba seguro de que ninguno de la
localidad le robaría nada, el viejo pensaba que el arpón y el
bichero eran tentaciones y que no había por qué dejarlos en el
bote.
